Hubo un tiempo en que todo era perfecto. Antes de la llegada del ser humano a la tierra, había un equilibrio en la atmósfera que hacia que todo el planeta estuviese en armonía. Las plantas crecían grandes y hermosas, la lluvia era amena y el viento era una brisa que se agradecía los días más calurosos.
Un buen día llegó el ser humano al paraíso. A su llegada, Dios explico como era la vida allí, apacible, tranquila y feliz, y si actuaban según unas directrices muy sencillas esa paz perduraría eternamente. Le dijo como sería a partir de entonces sus días y como debería actuar si quería que, el paraíso del que estaba disfrutando, permaneciera igual que estaba. Empezó Dios diciendo que todo en la tierra giraría a su alrededor, es decir, cada acto que el hiciera, tanto bueno como malo, tendría su consecuencia en el planeta “De lo que siembres recogerás”. Dios dijo que el no actuaría sobre la tierra, ya que, quería hacer un ser capaz de ser independiente por sí solo y que tuviera la libertad suficiente para ser consecuente con sus actos. Les dijo a los habitantes del paraíso que podían disponer de todo cuanto estuviese a su alcance, pero la única condición que les ponía era que no poseyesen nada, puesto que, todo lo que había en la tierra era para compartirlo.
El ser humano al principio pensó que debería hacer el bien para mantener esa armonía y esa paz que se respiraba en el Edén. Pasaban los años y todo parecía seguir igual, pero algo estaba cambiando, el ser humano se fue materializando, empezó a dudar de la palabra de Dios y a perder su parte espiritual. Con la duda, no estaba seguro de que al día siguiente tuviese alimento y fue cogiendo provisiones para poder asegurárselo durante los días venideros. De repente, le entró la necesidad de dormir bajo un techo y estar resguardado.
Dios viendo todo esto bajo y le dijo: ¿Qué estas haciendo?; el ser humano contesto: Estoy cogiendo provisiones y asegurándome un techo para que, si algún día no es cálido, pueda estar resguardado y poder tener alimento con el que alimentarme. Dios contestó: Eso no es necesario, nunca te va a faltar de nada, siempre ha sido así y así será eternamente, solo tienes que tener fe y esperanza.
La raza humana fue creciendo, y con ello se fue rompiendo la armonía del Edén. Cada generación iba olvidando de donde venía, todos querían poseer una propiedad, recogían más frutos de los necesarios para su alimento y se olvidaron de compartir. La madre naturaleza empezó a sentir sensaciones que antes desconocía. Sintió el miedo que tenían los humanos a quedarse sin techo, la ansiedad de pensar que mañana podrían no tener que llevarse a la boca, el odio que fueron creando por querer tener uno más que otro.
Desde entonces los días dejaron de ser tan apacibles, el miedo provoco oscuridad y las noches se tornaron inseguras, los humanos corrían a guarecerse en sus casas y todo empezó a malvarse.
Tanto los que vivían mejor y los que tenían peor hogar creaban envidias, empezaron las guerras por la propiedad, y por ser unos más que otros. La madre naturaleza empezó a sentirse mal. En miles de años de existencia no conocía tales sentimientos y ahora estaba extrañada.
Comenzó a llorar porque se sentía triste, y con sus lágrimas provocó diluvios, cuando temblaba por el miedo provocaba terribles terremotos y cuando la ira le atacaba echaba fuego por sus poros. Pero también tenía días buenos porque seguía existiendo ese sentimiento puro que nace del corazón e inunda el alma, el amor. Cada vez que alguien amaba desde lo más profundo, ella correspondía con un día soleado, calmaba su tristeza y su miedo se aplacaba.
Desde entonces y hasta nuestros días la madre naturaleza reacciona como es tratada por el ser humano. Todo lo que nos pase en la vida es consecuencia de nuestros actos. Por eso hay que intentar siempre hacer el bien, amar con el corazón y no hacer nunca lo que no deseamos recibir, al igual que tenemos que ofrecer lo mejor nosotros mismos. Solo así podremos recuperar el paraíso en la tierra.